Carta abierta...
... a un aprendiz de guionista
¿Por qué escribir?
Acabamos de describir algunas técnicas, contradicciones y peligros concernientes al guión. Pero una de las cosas primordiales que hay que cuestionarse, antes de empezar con la escritura, es el propio deseo de escribir. ¿Por qué molestarse en esta práctica difícil, al servicio de una película que no es siquiera El cine? ¿Por qué dedicar tanto tiempo a pulir situaciones, personajes que evolucionen, cuando, apenas esbozados, escapan a sus creadores encarnándose en actores necesariamente «extranjeros» a los personajes marginados durante esta etapa?
¿Qué es lo que empuja a escribir? El cine, un arte pulsional.
Lo que motiva el deseo es la carencia, el misterio, todo lo que se nos escapa. Partimos a descubrir nuestras historias y nuestros personajes, a la manera de detectives cautivados que intentan comprender cómo se ordena el mundo que nos rodea. Trátese de cine de ficción o de documental, el cineasta debe tener la ambición, ciertamente ilusoria, de explorar algo con un lápiz y, más tarde, con una cámara que busca, sin saber precisa- mente lo que puede encontrar y comprender, un fragmento del misterio del que quiere hablar y que quiere filmar. Es lo que expresaba Gilles Deleuze cuando decía: «Hablamos del fondo de eso que no sabemos, de su propio subdesarrollo en sí».
¿De dónde vienen las ideas?
La primera pregunta que puede actuar como obstáculo de la escritura será la del tema: ¿qué historia contar? A menos que uno tenga un tema claramente identificado, que nos taladra, la cuestión de la fuente de las ideas se plantea. Para la mayoría, se trata de observaciones por todas partes. El interés por un tema no se inventa, pero se cultiva y se alimenta. También están las lecturas, sin hablar de un proyecto de adaptación de una novela. Todos los relatos, las películas o incluso un fragmento de música, son propicios a los vagabundeos quiméricos que alimentan nuestra imaginación. Todo lo que nos llega de un afuera, cuando nos pertenece un poco, motiva la escritura. También los sucesos han alimentado habitualmente el cine. ¡La vida a menudo nos ofrece más imaginación, riqueza e imprevisión que nuestra propia invención. Una escena observada en el metro, en la terraza de una cafetería, durante una comida familiar, la experiencia de una ruptura amorosa, todo puede provocar la elaboración de una historia si uno les pone todo lo que resuena en nosotros y si sabemos conservar un estado de disponibilidad ante lo que nos rodea. Pero un guión, y menos aún una película, no es una buena idea que nos alegraremos de haber encontrado, como un científico, la fórmula milagro que abrirá todas las puertas de los descubrimientos. Un guión no es un pitch, el cine no se resume en una frase. Pues aunque «lo exterior» aporta pistas insospechadas, sólo es productivo si coincide con nuestra interioridad. No haremos nada con la mejor idea del mundo si no toca nuestra intimidad, que a menudo nos es oscura. La cuestión es: ¿qué tiene que ver esa historia con nosotros? ¿Cuáles serán nuestras armas para que nuestro pequeño mundo singular, pero con sus límites, se transforme en simbólico para concernir al mayor número de espectadores? Se trata de la parte de misterio, que ya hemos evocado, y que no se aprende. La escritura requiere que se tomen decisiones a cada momento. En este sentido el punto de vista del autor es esencial. Sin embargo, existen numerosas trabas antes de poder alcanzar este objetivo: el miedo a desvelarse completamente, el temor de agotar el tema propio, de descubrir que uno no tiene nada que decir, la pereza de ahondar en lo más íntimo de la propia expresión. ¡De algún modo, uno tendría que tener la valentía de sus historias! Aunque todas hayan sido narradas mil veces, la tuya todavía interesará al público si el punto de vista que pones en juego es singular. Un tema que uno empieza a escribir tendrá que pasar la prueba del tiempo que impondrán las múltiples versiones del guión. En efecto, existe el riesgo de que pasen meses, cuando no años, entre el día en el que surge la idea y el de la primera proyección. La tenacidad consiste en tener una historia que contar que nos implique verdaderamente. Sin duda, no hay que buscar un tema, sino encontrarlo, en el sentido de que no se puede forzar a la buena idea a que venga. Volvamos, a través de una anécdota casi tan absurda como simpática, a Alfred Hitchcock, al que ya hemos convocado mucho en este libro. Él explica a Francoís Truffaut la aventura del guionista que se levanta cada mañana convencido de que todas las noches tiene ideas geniales, pero que cuando despierta es incapaz de acordarse. Decide entonces dejar a los pies de su cama una libreta y un lápiz para despertarse por la noche y anotar todas sus ideas antes de que se evaporen. Una mañana se despierta y ocurre la misma catástrofe: es cierto que se le ha escapado un tema sublime. Pero de repente se acuerda del pequeño dispositivo que ha organizado y corre a su cama para abrir su libreta, en la que, en efecto, lee sus notas nocturnas: chico conoce a chica (Boy meets girl).
Pequeños consejos de cocina
La precisión es una de las cualidades principales de un guión. Lo que no significa que se tengan que esclarecer a todo coste las cuestiones esenciales, con la intención de que sean fácilmente identificables y comprensibles. Al contrario, si tu película abre varias perspectivas y ofrece diferentes interpretaciones, será más rica. Si el guión deja lugar a la confusión, a lo indecidíble, eso puede ser interesante. Sigue atento a las opciones que privilegias en la escritura y con respecto a aquello que te parece evidente, no olvides que el lector no está en tu cabeza y que no puede adivinar lo que no figura sobre el papel. ¡Uno sólo lee en el guión lo que se encuentra en él! Aunque la escritura de un guión no es un ejercicio literario, la elección de las palabras para describir un lugar o un personaje tiene que ser acertada y bien medida. También aquí, ganarán si son concisas y evocadoras. Más o menos rápido, tras semanas de escritura, titubeos, consejos de lectores exteriores, llegarás a un momento de lasitud en el que sentirás que lo has perdido todo: tu tema, tus personajes, los destinatarios de esta historia, incluso las ganas de explicarla. Sin embargo, es justo en ese momento cuando tu relato emerge y empieza a perfilarse, cuando se atraviesa la barrera entre lo general, fácil de escribir, y tu singularidad, más ardua de definir. Es importante estar a la escucha de esos momentos de vacilación, véase de perdición. Tienes la sensación de extraviarte mientras que tal vez es lo contrario, estás a punto de emprender la buena vía. Imprevista, pero más rica que la que habías trazado inicialmente. Cuando uno escribe un guión tiene que estar dispuesto a convertirse en Cristóbal Colón, que partió para descubrir las Indias y encontró las Américas. Antes de instalarte en tu mesa de trabajo para empezar a escribir, seguro que organizarás todas las estrategias de prevención posibles. Este «mariposeo» consiste en echar mano de todo para no empezar o no continuar escribiendo, haciendo funcionar tu imaginación de una manera que te sorprenderá incluso a ti. Es entonces cuando te entrarán unas ganas irreprimibles de tomar una taza de café, guardar un libro, poner un fragmento de música... En resumen. ¡Todo parece preferible a ponerse ante el teclado! Pero algunos momentos de distanciamiento también son saludables. Es inútil obstinarse, mientras que una pausa en la escritura será ciertamente benéfica para que las ganas se reaviven y las ideas vuelvan a la superficie; para que readaptes tu mirada sobre tu relato y tus personajes a fin de que sea más justa después tal vez sea el momento, ya que has perdido la buena distancia con lo que has escrito, para dar a leer tu manuscrito a lectores de confianza. Es decir, personas críticas pero benévolas que pueden instruirte sobre tu trabajo. Hay que elegir bien a estas personas poco corrientes para no perderse aún más. Sea como fuere, uno no puede evitar los numerosos momentos de desánimo, hay que saber que existen y no luchar contra ellos, pasarán. '
Los pequeños «elementos cacerola» del guión
Un punto flaco en el guión, detectado en el momento de la escritura pero conservado por negligencia o por pereza, no se resolverá en el momento del rodaje. Una escena floja en la escritura será difícil de rodar e igualmente difícil de montar. Si no es central en la historia tendrá muchos puntos para no figurar en la película. Aunque lo imprevisto a menudo es oportuno en un rodaje. ¡Los milagros aún son más raros!
El guionista «Principito»
El autor es responsable de sus personajes a partir del momento en que les ha hecho nacer en el relato. Y esta moral se aplica aún más para los cortometrajes. El cineasta Jean-Claude Biette consideraba que sería criminal hacer morir a un personaje en un relato corto. De la misma manera, hay que tener cuidado en no hacerlos desaparecer sin motivo. En el mismo orden de ideas, el autor no es superior, acompaña a sus personajes sin ridiculizarlos ni mostrar desprecio hacia ellos.
¿Cómo progresar?
Aunque propiamente hablando no haya recetas para escribir buenos guiones, existen al menos algunos puntos teóricos que es útil abordar. No nos cansaremos de aconsejar la lectura de novelas, guiones publicados, entrevistas a cineastas o a otros artistas hablando de su confrontación con la creación. Pero lo principal, elemental, es ver películas, muchas películas, de todos los géneros, de todas las procedencias, buenas y malas, ¡Todo es instructivo! Sea como sea, escribir un guión es ya de por sí mirar el cine de otro modo, de una manera menos pasiva, escogiendo otro punto de vista. Tu guión no será otra cosa que un proyecto, una estructura o un esqueleto que no requerirá sino ser transformado en las etapas que seguirán a la escritura y que harán que tu historia escrita negro sobre blanco se convierta en una película. El guionista, sobre todo si sólo es guionista, es decir si transmite sus poderes a un director, debe ser humilde y saber que el texto no va a dejar de sufrir transformaciones en el rodaje y en el montaje. Es perder en cada ocasión un poco de tu relato o tener una crisálida que se convertirá en una mariposa y cuyas diferentes etapas de transformación se te escaparán. Sólo en el momento del resultado final descubrirás la película acabada. No es el guionista quien hablará de la película en el momento de la promoción, sino los actores y el director. Pero tú, sin duda, tú, habrás pasado a otra historia... Acepta que haya vida que surja en tu guión pero también que sea transformada por personalidades diferentes a la tuya para que el director, los técnicos y los actores se lo apropien. En la escritura de un guión habrá forzosamente algo que falta, puesto que esta etapa nunca es la última. La escritura guionística carece forzosamente de cine.
ANNE HUET, 8 de septiembre de 2008
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